VIOLETA – por Sofía Gato Morales, 2º Bach A

autobusCertamen cultural

Segundo premio de la categoría Bachillerato

Los ojos de Violeta siempre se quedaban hipnotizados frente a la misma parada. Era como una fuerza que la obligaba a cruzar la calle y detenerse frente al anuncio destartalado de la marquesina; anuncio que ya nunca cambiaban por temor a coger una infección por el metal oxidado y el cristal rajado. En realidad, hubiera sido inútil, pues a las pocas horas de restaurar el viejo anuncio, todo el cristal hubiera aparecido recubierto por el característico color fosforescente de varios grafitis, o por las pegatinas de un grupo de estudiantes comunistas. Tanto era así, que desde hacía seis años, la marquesina mostraba el mismo anuncio detrás del cristal. En realidad, Violeta nunca había visto otra publicidad diferente desde que vivía allí. Y por eso era justamente que le encantaba recorrerse media ciudad para llegar hasta allí, sentarse en el frío asiento del interior de la parada, y contemplar ese viejo papel arrugado y descolorido, que en su época pretendía captar a los incautos que corrían tras el autobús en marcha, y los cuales podían ver el anuncio en la marquesina mientras se alejaban.

Violeta sabía muy pocas cosas de aquella ciudad. Pero si le hubieran preguntado en ese momento, hubiera podido reproducir hasta el más mínimo detalle de aquel anuncio. Los ojos verdes de una muchacha acariciada por el sol del atardecer, los diminutos pies bajo los cuales se extendía un abrasador suelo cimentado, las bolsas verdes y rojas que colgaban dos a dos de cada uno de sus débiles brazos, el pequeño lunar que tenía en su mejilla derecha, la marca de un bikini demasiado ancho para tal figura, incluso los buzones vacíos que se veían a lo lejos. Todo ello formaba parte de un todo. Formaba parte de un cartel que hacía seis años había empapelado la ciudad y del que ahora solo quedaba un amarillento trozo de cartón. Pero en la cabeza de Violeta había adquirido un significado superior, casi divino. Cualquier otra persona hubiera dado una vuelta alrededor de la parada para asegurarse de que no estaba abandonada (pues así lo parecía), se hubiera sentado de espaldas al cartel o incluso se hubiera apoyado sobre él, y se hubiera subido al autobús sin gastar ni un segundo de su tiempo en mirar el cártel. Violeta no era así. Hacía cinco años se había acercado a esa parada, había dejado de hablar con su entonces compañero, y se había quedado mirando fijamente a la muchacha de los ojos verdes. Nada podría haberle causado más emoción en aquel momento. Esa mirada tan profunda que parecía que quisiera hablar con ella, esos buzones que parecían estar vacíos casi haciéndole una señal. Cuando llegaba el momento de abandonar la parada, Violeta perdía el autobús adrede solamente para memorizar mejor cada rasgo de aquel cuadro que, a sus ojos,  ni el mismo Miguel Ángel podría haber mejorado.

Era la sexta vez que regresaba a la parada en esa semana. Había sido una semana realmente dura para Violeta. Todos los problemas parecían sobrevenirle a la vez, y sabía que en algún momento tendría que salir de allí. Por eso, cada día, durante años, había estado yendo al mismo lugar, a la misma parada. Y se había sentado allí, simplemente mirando el anuncio, intentando memorizar cada uno de los detalles, intentando descifrar un mensaje que ni siquiera sabía si estaba allí, esperándola. Pero si había una sola posibilidad, una sola, de que algo de esa magia en la que necesitaba creer funcionara, entonces debía de estar allí para verlo. Y sabía que tenía que seguir yendo allí, porque si dejaba de ir, nada le impediría acabar con todo y dar media vuelta,  volviendo al fracaso; como siempre, después de todo.

Había estado frente a esa publicidad durante horas, pero no veía el porqué de coger el autobús y salir de allí. Se sentía a gusto. La gente iba y venía. Muchos regresaban, pero todos acababan por marcharse. Había días que gente nueva llenaba la parada, y casi todos se olvidaban de mirar la marquesina. Simplemente llegaban, abrían su periódico, cogían el móvil, charlaban entre ellos, subían al autobús y partían hacía su destino. A veinte paradas del centro, no era un lugar muy transitado. Los pasajeros se quedaban mirándola un momento tras subir al autobús, pero después volvían a su ajetreada vida. Los problemas de Violeta eran demasiado grandes como para simplemente echarles un vistazo y olvidarlos. De alguna manera, la parada se había convertido en un refugio para ella. Ella y la muchacha de la marquesina no se conocían, pero parecían tener mucho en común. Encerradas durante años en la misma ciudad, viendo a las mismas personas, oliendo lo mismo, sintiendo lo mismo, haciéndose cada vez más débiles. Pero lo que más le recordaba a ella esa muchacha de los ojos verdes y las bolsas de colores, era su invisibilidad. Durante los mismos años que esa marquesina había albergado a una mujer tan deslumbrante detrás de su cristal sin ser apenas apreciada por nadie, Violeta había estado llevando una vida que no quería vivir, trabajando en algo que odiaba, viviendo en un lugar que odiaba, estando con gente que odiaba, comiendo cosas que odiaba, comprando cosas que odiaba. Pero en todo ese momento, nadie, ni una sola  persona, le había preguntado si de verdad estaba allí porque quería o si de verdad hacía esas cosas porque le gustaban. Simplemente las hacía, complacía a todo el mundo y al mismo tiempo se volvía más y más invisible a los ojos de todos. Ahora bien, no nos vamos a engañar. Su vida era fácil y acomodada, sin demasiadas preocupaciones ni demasiadas decisiones dolorosas que tomar. Todo le llegaba hecho. Quizás como esa mujer del anuncio, que no podía elegir quién entraba en su parada, quién se apoyaba en ella, quién le daba la espalda, quién escupía en su cara, o quién se quedaba mirándola. Nada era su responsabilidad. Nada dependía de ella, aunque ella dependía de todos. Cada vez que la miraba a los ojos, Violeta se sentía un poco más cerca de ese cristal, de ese metal oxidado, de ese papel arrugado. Se colocaba frente a ella, y casi podía ver que su silueta encajaba en la de su gemela. Pero las lágrimas que se veían reflejadas en el cristal eran tan solo asunto suyo. El momento que pasaba frente a la marquesina era tan solo asunto suyo. Los pensamientos que compartía con aquella imagen cada vez más desfigurada de sí misma, era tan solo asunto suyo.  Una vez pasadas las dos horas, el último autobús era su vuelta al mundo real, al mundo de verdad. Sin chicas sonrientes y puestas de sol.

Inevitablemente, un día, el anuncio de la chica y las bolsas fue retirado. “Estaba muy viejo ¿sabe? Nadie se fijaba ya en él.”

Y sí, tal vez revelarse, darse cuenta de lo que quería, atreverse a afrontar el cambio, fuera lo mejor para la Violeta de verdad; si no quería que la retiraran de la marquesina para siempre.


Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/35/d456883933/htdocs/clickandbuilds/WordPress/Superlopez/wp-includes/class-wp-comment-query.php on line 405