RETRATO EN BLANCO Y NEGRO – por Celia Villar Oviedo, 4º ESO D

Máquina de escribir Olivetti

Certamen cultural

Primer premio de la categoría 2º Ciclo ESO

Las gotas de lluvia se deslizaban por los cristales. Fuera, en la oscuridad, las farolas iluminaban la calle. Una solitaria figura caminaba deprisa por los resbaladizos adoquines. Tapada totalmente por un abrigo y un gorro se acercó a un portal de la Calle Rivas. La potente luz del elegante portal permitió descubrir al personaje. Era una joven de apenas 15 años. Levantando una mano enguantada llamó a uno de los pisos, el 3º A. Nadie contestó pero con un pitido, la puerta se abrió. La joven se coló por la abertura y sacó de debajo de su abrigo negro una máquina de escribir, en apariencia antigua. Con pasos ágiles subió las escaleras hasta el tercer piso. Llamó al timbre y una mujer de mediana edad abrió la puerta. La recién llegada se quitó el gorro y el abrigo y cerró la puerta tras ella.

Como todos los días, la anciana señora Molire se sentó en el café Los Incomprendidos. Localizado en el centro histórico, era un lugar muy pintoresco. Una sonriente muchacha, se acercó a la anciana llevando en una bandeja un humeante chocolate caliente. La señora Molire sonrió, ya sabían que en verano siempre tomaba té verde y ahora en invierno chocolate. Conocía a la camarera, Eva, desde hacía cinco años. Más de una vez había cuidado al hijo de la joven cuando esta no tenía tiempo para ello. Entre las dos mujeres, a pesar de la diferencia de años, existía una gran amistad. Lara Molire hablaba con añoranza del pasado del café cuando solo iban bohemios sin ninguna perra en el bolsillo, que tomaban un café y un dulce a cambio de una historia, un retrato, un poema o una canción. Eva reía con las anécdotas e historias de aquellos singulares personajes. Estas, perdidas entre las brumas del pasado eran desempolvadas y rescatadas del olvido por Lara Molire, para gran deleite de la camarera y de los demás clientes. Y después de tomar un chocolate o té y de contar uno de sus recuerdos se levantaba de la silla y con un bastón en su mano derecha se alejaba con pasos cansados, hasta que su abrigo rojo desaparecía tras la esquina.

Un rayo de luz se coló por la rendija de la persiana. Diminutas motas de polvo bailaban en la luz que atravesaba la habitación hasta chocar con una mejilla.Su dueña bostezando se levantó ágilmente de la cama y corrió hacia la ventana. Cuando levantó la persiana vio que toda la Calle Rivas estaba nevada, Con una sonrisa en la cara se giró y miró con deleite la vieja máquina de escribir que encontró la tarde anterior en el anticuario. Maya que era el nombre de la joven de 15 años, tocó con adoración las letras de la máquina. Como cualquier persona tenía sueños por cumplir, miedos no superados y la chispa de lo vivo. Su dislexia era algo ya superado, gracias al apoyo y paciencia de sus padres. Tardó varios años en conseguirlo, a los 9 años ya fue capaz de leer un texto sin apenas pausas ni equivocaciones. Como consecuencia de ello, su mayor pasión era el cine. Al no ser capaz de descifrar las palabras de un libro se interesó por buscar otra afición y descubrió el cine. Le gustaba sentarse en las mullidas butacas con una bolsa de palomitas en la mano. Siempre se giraba durante la película ya que le gustaba observar las expresiones de la gente, sus sonrisas, sus caras de pánico, las lágrimas silenciosas por sus caras, sus bocas y sus ojos abiertos maravillados ante el espectáculo.

También le gustaba sentarse en el sofá, con una manta enrollada en los pies, dispuesta a dejarse impresionar por la película.

Lo que sentía por el cine no se podía ni describir. Se convirtió en parte esencial suyo y se podía pasar horas hablando de una película, de una banda sonora o actor. Sus amigos reían y sus padres sonreían cuando con los ojos brillantes les describía su última experiencia con el séptimo arte.

Lara Molire abrió con una larga y antigua llave la puerta de su apartamento. El maullido de un gato recibió a la anciana quien cerró la puerta y se quitó su abrigo rojo. Con pasos cansados se acercó al salón. Lo que más llamaba la atención al entrar en él eran las estanterías llenas de películas. Lara se acercó a una pequeña mesita redonda que se encontraba en medio de la sala. Encima del mueble había una fotografía en blanco y negro enmarcada que la anciana cogió con cariño. En ella había dos personas delante de un cine. Una joven hermosa con un vestido negro y un joven apuesto con esmoquin y el pelo claro cuidadosamente engominado.

Que felices eran ignorado el futuro que les aguardaba”- pensó Lara Molire.

Una diminuta lágrima se deslizó por aquella cara, que tanto había vivido y sufrido. Dejó la fotografía con cierta brusquedad en la mesa. Los recuerdos del pasado comenzaron a perseguirla. El nombre de Diego resonó en su cabeza. Lara sollozando gritó ese nombre, queriendo espantar su fantasma y temblando ante el sufrimiento que creía haber olvidado.

Por fin un poco de tranquilidad” pensó Maya. Llevaba días queriendo estrenar su máquina de escribir Olivetti y hoy parecía que iba a conseguirlo. Soplando con delicadeza las teclas, pulsó con cierto temor la M. En la hoja que había colocado previamente apareció la elegante letra. Sonrió y con más confianza continuó mecanografiando. Pero cuando intentó pulsar la Y de su nombre sonó un chasquido y se quedó atascada la máquina. “Vaya mala suerte” pensó la joven con irritación. Intentó sacar la hoja pero la máquina se ladeó y con un gran estruendo cayó al suelo. Maya preocupada la cogió con delicadeza y la volvió a colocar en la mesa. En apariencia no estaba rota pero volvería al anticuario para que lo revisase más minuciosamente el dueño. De pronto se fijó en una fotografía desgastada que estaba en el suelo.

Vaya parece que con el golpe se ha caído esto de la máquina de escribir” pensó.

Acercó la fotografía a la luz. En ella había dos personas, una mujer y un hombre, delante de un cine. El nombre no se distinguía al igual que los rostros de los dos jóvenes. El paso del tiempo había pasado factura a la fotografía. Aun así Lara fue capaz de distinguir que la mujer llevaba un vestido oscuro y el joven vestía de esmoquin.

Más tarde a la hora de cenar enseñó la foto a sus padres. El padre opinaba que el rostro de la mujer le parecía familiar pero su madre fue quien le dijo el nombre del cine y las indicaciones para llegar al lugar. Maya quería ver si alguien podría reconocer a los fotografiados pero no se hacía muchas ilusiones. Aún así siempre había querido resolver un misterio y este lo parecía.

Lara decidió no ir al café Los Incomprendidos por la mañana. Esto era algo inesperado, era parte de su rutina, pero había dormido mal. Un inesperado compañero le había vuelto a visitar por la noche después de mucho tiempo. El pasado y todos los recuerdos que venían con él. Había aprendido a convivir con él y eran ya viejos amigos, por eso le sorprendía que de repente el pasado volviera con tanta fuerza.

Será la edad que me está volviendo más sensible” pensó la anciana.

Con sus andares característicos se dirigió al salón. Esta vez no se acercó a la mesa sino que fue directamente hacia un armario pequeño de madera. Con una llave que llevaba colgando del cuello abrió la puerta del mueble, cogió unos recortes de papel y sin que ella se diera cuenta, unos mechones de pelo claro que estaban unidos por una cuerda cayeron al suelo. Desdobló uno de los periódicos cuyo titular era “Joven actor aparece muerto en su domicilio. La policía investiga los hechos”. Tenía como fecha el 13 de noviembre de 1954. La noticia continuaba así: “El actor Diego del Mar, conocido por su papel en la película ‘Los Inocentes’, ha aparecido muerto esta madrugada. La policía encontró una pistola Magnum en el lugar de los hechos. Todo apunta a un suicidio. Se desconoce el motivo de ello pero se seguirá investigando. Deja una dolorida esposa y un hijo”.

La noticia seguía contando más detalles de la vida del actor, las hipótesis del motivo del suicidio y el pesar de su familia por la inesperada muerte.

Lara suspiró, nunca adivinaron el motivo. Decidió comer pronto en su casa para luego ir al café . Seguro que Eva estaba preocupada por su repentina ausencia. Como un reloj, a las tres en punto se presentó en el café. Eva le dirigió una mirada preocupada cuando se sentó en la silla, pero la anciana hizo un gesto indicando que no era nada. Inventó una excusa pero vio en los ojos de la camarera que esta no le creía. Tomó su chocolate en silencio, vio a Eva marcharse a casa y entonces una voz joven a sus espaldas preguntó:

-¿Es usted la señora Molire?

– Si soy yo –contestó la anciana sorprendida. Se giró y vio a una joven de unos 15 años con el pelo negro corto que le miraba con interés.

– Me han dicho los encargados del cine de enfrente, que viene todas las mañanas a esta cafetería- La joven contestó mirando con más atención el lugar y sonriendo en señal de agrado ante lo que veía-. Es una agradable sorpresa ver que a pesar de ello, está también por las tardes.

– No suelo venir por las tardes, ha sido una casualidad que me hayas encontrado ahora aquí- contestó con cara sorprendida.

– Las casualidades no existen – dijo la joven. Me llamo Maya y bueno… quería darle algo que creo que le pertenece.

Sacó de un bolsillo de su abrigo un papel doblado que dejó en la mesa.

La anciana desdobló el papel, era una copia de la fotografía que tenía en el salón en la que salían los dos jóvenes delante del cine. Sus manos empezaron a temblar y las escondió bajo la mesa para disimularlo.

-Un trabajador del cine, me ha dicho que la joven que aparece en la fotografía es usted- insistió Maya temiendo haberse equivocado.

-Si soy yo- le contestó con voz temblorosa la anciana. Han pasado muchos años desde aquel día en que me tomaron esta fotografía- añadió.

-Parecía usted muy feliz en la foto – comentó Maya apenada en parte por haber resuelto el misterio tan fácilmente.

-Si lo era –contestó secamente Lara.

No vio la sombra apenada que pasó por los ojos de la joven tras escuchar el tono de la anciana. Un silencio incomodo se instaló entre las dos. Maya, no sabiendo como continuar la conversación, decidió irse. Lara al ver las intenciones de la joven decidió hablar.

-Gracias por traerme la foto. ¿Hay algo que pueda hacer por ti? – preguntó Lara, intentando ser amable y confiando en que la joven dijera que no.

-Bueno… – dudó Maya, no sabiendo si decírselo por temor a ofender a la anciana- Me gustaría que me contara la historia de esta foto.

La anciana se sorprendió ante la petición. No había hablado con nadie del joven de la foto aunque en el fondo siempre había querido hacerlo. Dudaba ante la oportunidad que tenía de compartir con alguien el secreto que había guardado durante cincuenta años. Miró con atención a Maya intentando averiguar si era de confianza. La joven giró la cabeza incómoda cuando sintió la intensa mirada de la anciana en su cara. Quizás, había sido una mala idea.

-De acuerdo-contestó Lara- Te contaré la historia pero no quiero que me interrumpas. Tampoco puedes contar a nadie esta historia, no me gusta que desconocidos juzguen a mi hermano – añadió- .

Sin esperar la afirmación de la joven, comenzó a hablar.

Nací un día lluvioso, dos años antes de que estallara la maldita guerra que no trajo nada bueno a España. Mi padre tenía un comercio en Madrid. Mi hermano Diego y yo tuvimos una infancia normal, sin lujos pero cómoda. Mis padres siempre lucharon para que tuviéramos una buena educación. Pero mi hermano tenía otros intereses.

Siempre le apasionó el cine y me llevaba con él a ver las películas. Le encantaba disfrazarse y representar personajes, desde un barbero hasta un militar.

Mis padres lo consideraban una afición pero mi hermano iba en serio. Dejó los estudios y se dedicó de pleno a la actuación. Mis padres intentaron hacerle cambiar de opinión pero Diego siempre fue muy cabezota. Pasó dos años haciendo pequeños papeles y dependiendo económicamente de mis padres. Esto siempre le avergonzó, y se prometió a si mismo que llegaría un día en que el dinero no sería una preocupación.

Mientras, yo entré como secretaria en una oficina. En aquella época, era un buen trabajo para una joven. La población pasaba hambre. Apoyé a mi hermano durante esos años y solíamos ir al café Los Incomprendidos, muy bohemio en aquella época.

Un día, le propusieron un papel protagonista en la película Los Inocentes. Buscaban una cara nueva, joven y fácil de manipular si llegaba el caso. La película se convirtió en un éxito de taquilla. Incluso el Caudillo, se interesó en conocer a la nueva estrella.

Desde ese momento, la carrera de mi hermano despegó. Todos los directores le querían y llegó a vivir unos meses en Estados Unidos, pero volvió, demasiado abrumado por Hollywood.

Se codeó con las clases altas de Madrid y llegó a cambiarse el apellido Molire por Del Mar. Su representante lo considero “demasiado” francés. No volvió al café Los Incomprendidos, no era un ambiente adecuado para su nueva situación.

Por mi cumpleaños me regaló una máquina de escribir Olivetti, algo con lo que siempre había soñado. Me convertí en su acompañante a los estrenos. Jamás llevó a otra mujer y no porque yo me negara a ello. Algo en él había cambiado. Siempre había sido un chico muy risueño, propenso a las bromas y a poner buena cara a todo. Pero ahora, cuando le observaba en las fiestas me parecía un extraño. Sonreía mas por cortesía que por otra cosa, era muy reservado y no parecía cómodo con los nuevos ambientes y lujos.

Pronto empezaron los rumores sobre su vida privada y el papel de las mujeres en ella.

Cuando me lo contó Diego, le dije que solo eran cotilleos. Pero no paraba de decir “lo saben, lo saben”. Yo no sabía a qué se refería. A los pocos meses ante la sorpresa de mis padres y mía, se casó con la hija de un banquero. Desde su boda nuestra relación empezó a enfriarse. Dejamos de ir juntos al cine, algo que habíamos hecho desde los cinco años.

Nos presentó a su esposa. Era una mujer elegante y tan fría como la relación que había entre mi hermano y ella.

Mis padres y yo coincidíamos en que no se casó por amor pero desconocíamos el motivo real.

Un día cuando volvía a mi casa por la noche, me encontré a mi hermano en compañía de varios hombres. Diego estaba borracho como una cuba pero aún así me reconoció. Tambaleándose por la bebida me cogió del brazo e intentó abrazarme. Me tambaleé por su peso e intenté quitármelo de encima. Con una seca carcajada me dijo “Hermanita, no seas como la frígida de mi esposa. No me mires con esa mezcla de repugnancia y odio, como hace ella. Te juro que he intentado reprimirme pero no puedo”.

Pensando que estaba desvariando, decidí llevármelo a mi casa. Cuando se lo dije asintió y acercándose a uno de sus compañeros le besó torpemente en la boca, sin sorprender a ninguno de los hombres. Pensando que era una tontería de borracho, le llevé a mi apartamento.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, se acercó a mí y me pidió perdón por lo que pudiera haberme dicho borracho. Le quité importancia con un gesto pero comenté sin ninguna malicia el beso que le había dado a su amigo. Mi hermano me dirigió una mirada extraña que no fui capaz de captar. Acercándose a mí, nervioso, me dijo: “Entonces sabes lo que soy ¿no?”. No entendía que me estaba diciendo y él entonces siguió hablando. “Soy homosexual, hermanita”. El plato que tenía en las manos se me cayó al suelo. Le miré con cara de sorpresa, incapaz de asimilarlo. El viendo mi reacción prefirió irse, dándome tiempo a asimilar la noticia.

A los pocos días, le llamé y hablamos largo tiempo. Reconoció que se casó para evitar las historias acerca de él y me contó que su mujer sospechaba de él. Parecía más tranquilo después de contármelo, pero yo temía por él. Si alguien le delataba sería su sentencia de muerte.

Durante la postguerra y aun hoy en día, Maya, los homosexuales son mal vistos.

Me prometió que tendría cuidado y acordamos decírselo a nuestros padres en su cumpleaños. Mi hermano temía su reacción, aunque en el fondo le habrían apoyado.

Me arrepiento de esta decisión, quizá si se lo hubiera dicho a mis padres antes, las cosas hubieran sido diferentes. Pero el pasado es pasado y no podemos cambiarlo.

A los pocos días me llamó Diego diciéndome que había recibido amenazadas de un desconocido que planeaba filtrar la información. Exigía dinero o de lo contrario destrozaría la carrera de mi hermano para siempre, su vida y la de toda su familia, soltando la bomba que supondría su homosexualidad.

Pedí a mi hermano calma y tiempo para pensar que hacer.

A los pocos días cuando compré el periódico vi en los titulares la muerte de mi hermano. Jamás se supo que era homosexual, el desconocido prefirió respetar la memoria del muerto.

Diego se convirtió en un mito pero a un precio muy alto. La noticia destrozó a mis padres y yo nunca volví a ser la misma.

Tardé tiempo en perdonar a mi hermano por el daño que nos causó, pero entendí al final lo grande que tuvo que ser la presión que sufrió para llegar al suicidio.

Supongo que te preguntarás porque no pagó al desconocido. Mi hermano sabía que si lo hacía tendría una deuda para toda la vida. Con su muerte nos libró a toda la familia, incluida su mujer, del escándalo.

Pero esto no justifica su suicidio. El resto de mi vida es otra historia”

Maya, no fue capaz de decir nada. Estaba asimilando la historia que la anciana le había contado. Después de unos minutos solo preguntó:

-¿Qué pasó con la máquina de escribir? Dentro encontré vuestra fotografía.

-Desapareció- contesto. Mi hermano me la pidió prestada, se la dejé y no la volví a ver nunca más. Supongo que fue él quien escondió la foto dentro. Tras su muerte su mujer la vendería, probablemente –añadió la anciana.

Maya, se levantó de la silla aún aturdida. Era ya muy tarde. Acompañó en silencio a la anciana a su casa y prometió no contar la historia a nadie. Pidió con cierta timidez que Lara le enseñara fotos de Diego y alguna de sus películas. La anciana prometió que lo haría, contenta de mostrar a la joven el recuerdo de su querido hermano.

La luna iluminaba las calles. Una joven caminaba con prisa por ellas pensando con tristeza en el terrible poder de las palabras, que son vida y muerte a la vez.