LA VERDADERA HISTORIA DE DOS BUENAS AMIGAS – por Paula Lasheras González, 1º ESO D

goldilocks_calender_entry_by_steffne-d3auh73Certamen literario

Segundo premio de la categoría 1er. Ciclo ESO

Hace mucho tiempo, tanto que nadie sabe cuanto, una niña rubia, de ojos saltones y nariz chata, salió de su casa dando brincos. Unos momentos antes, su madre la había dicho:

-Cariño, ve con cuidado por el bosque, si te encuentras con alguien, ignóralo. Aléjate de animales peligrosos. Llévate esta cesta con miel para tu abuela, y esta caperuza roja que te hizo Marta la vecina, por si tienes frío por el camino.

Sí, pensaréis que estoy hablando de la famosísima “Caperucita Roja”, pero os equivocáis.

A esta niña, sus vecinos la querían muchísimo; le hacían todo tipo de regalos ( como la caperuza de su amiga Marta), y le llamaban Ricitos de Oro. Lo sé, lo sé, esta historia no es a la que estáis acostumbrados, no es en la que salen tres osos, ni en la que Caperucita se encuentra con un lobo, pero dejadme terminar.

-Hola Marta, ¿ vienes al bosque conmigo?

-¡Uf!, Vera, sabes que desde que me encontré con el lobo, me asusta mucho ir al bosque.

Hasta aquí quería llegar yo. A ver, Vera era el verdadero nombre de Ricitos, y os presento a la auténtica Caperucita Roja: Marta Pérez García.

– ¡Por favor, Marta , hazlo por mí!

– Bueno, vale. ¡ Anda si te has puesto la caperuza que te hice! Espera que me pongo la mía y nos vamos.

Así que las dos amigas se fueron al bosque, pero se perdieron por el camino…

– ¡Oye yo creo que deberíamos ir por aquí!

– Pues te confundes, juraría que allí es donde ví al niño que vivía con lobos. Aquel es el camino que debemos tomar.

– ¡Y dale! Antes te he dicho que una vez seguí ese camino y ví como una bruja utilizaba a una niña de esclava, y que obligaba a un niño a engordar, para después comérsele.

– ¡Claro! Y quieres que crea que todo eso sucedía en una casa hecha de chuches, dulces y chocolate. ¿ No?

– ¡Esa es la verdad!

Así que después de mucho discutir, Vera vio un tercer camino, uno tan pequeño que nadie se hubiera percatado de que existía, a no ser que a Vera, se le ocurriese la alocada idea de dar una patada a una piedra del tamaño de una mano, y que ésta, rodase hasta el camino.

– ¡ Eh! Caperucita , mira esto, es como un mini camino.

– ¡ Vaya! ¿ A dónde crees que llevará?

– No lo sé, con mucha suerte saldrá del bosque. ¿ Lo seguimos?

Las dos caminaron un rato por aquel camino, que les pareció interminable. De repente, se escucharon unos gritos ensordecedores, y vieron a un lobo corriendo como un loco con la cola chamuscada. Se escondieron, y acto seguido, aparecieron tres cerditos riendo a carcajada limpia y hablando de una olla, tres casitas y un lobo. El lobo con el que se acababan de cruzar.

Cuando les perdieron de vista, salieron de su escondite y continuaron el camino. Un poco más tarde, vieron a dos haditas que se acababan de casar, montados en una golondrina. Y siguiéndoles, toda la corte de las hadas, muchísimas mariposas de colores vivos, una viejecita ( humana) y algunos animales del bosque.

Al alejarse, siguieron caminando y encontraron una casa. Una casa grande y de madera. La puerta estaba abierta y dentro no había nadie, así que decidieron entrar.

Allí, había una mesa servida, y en ella, tres platos. Uno grande y caliente, uno mediano y frío, y uno pequeño y a buena temperatura. Como las dos estaban hambrientas, pero no eran de mucho comer, se bebieron el consomé del plato pequeño. Cuando terminaron, se sentaron en la butaca más pequeña y cómoda de las tres que había. Pero las dos juntas pesaban mucho, y la butaca acabó por romperse. Subieron al piso de arriba, y se tumbaron en la cama menor y más mullida, que incluso para las dos a la vez, era grande.

En el piso de abajo se escucharon unas voces que decían:

– Papá, mamá, ¿ y mi consomé?

– Lo tienes en la mesa hijo.

– ¡Qué no mami! ¡ Qué mi plato está vacío!

– Alguien se ha comido tu sopa. – Dijo un enorme oso.

– Mamá, ¡ mi butaca está rota!

– Alguien ha estado o está en casa “ Cari”.

– Subamos arriba.- Decidió el enorme oso.

Caperucita que lo oyó, despertó a su amiga, y ambas, que eran buenas escaladoras, se dispusieron a escapar por la ventana. Pero cuando Vera fue a salir, los osos la vieron y la atraparon.

A Marta no se la ocurrió otra idea que gritar y gritar ¡socorro! Hasta que llegó un cazador. El cazador dijo:

– ¿Qué te pasa niña? Estaba dejando escapar a nuestra princesa Blancanieves cuando te oí gritar. ¿Estás bien?

– Yo sí, pero mi amiga no.

Acto seguido salió el gran oso, atraído por los gritos, y siguiéndole, una osa un poco más pequeña y una cría de oso que llevaba a Vera agarrada.

– Suelten a esa niña. – Ordenó el cazador.

– Bien, toda tuya, pero nos tienen que pagar con algo, pues esta niña ha dejado sin comida a mi hijo.

Entonces, Marta se acordó de la cesta de Vera, y sacó de ella un frasquito de miel.

– ¿Eres un oso, verdad? Pues entonces te gustará la miel. – Y entregó el tarrito al pequeño.

– Gracias, pero ¿y mi butaca?

– ¡Oh! Es cierto Vera, quítate la caperuza.

Vera hizo lo que se la pedía. Y Marta, con sus habilidosas manos, y con unas cuantas hojas, cosió para el osito un cojín muy blando y cómodo.

Cuando Vera fue libre, el cazador las llevó a casa de su abuela, que las recibió encantada. Untaron la miel que quedaba en rebanadas de pan e invitaron al cazador a una. El resto se lo comieron entre ellas tres, que lo disfrutaron como nunca.

Esa noche durmieron en casa de la abuela de Vera, y al día siguiente volvieron a casa, sanas y salvas.

Bienvenidos a la verdad, a la verdadera historia de Ricitos de Oro, también conocida como Vera. Las dos amigas vivieron una historia inolvidable, aunque para Marta no fue la primera. Y como suele decirse, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.