EL RETRATO – por Rodrigo Ruiz Sáez, 4º ESO D

Furgoneta naziCertamen cultural

Segundo premio de la categoría 2º Ciclo ESO

Querido nieto:

Cuando leas esta carta, ya no estaré aquí. O eso espero, le dejé bien claro a Bernard que te hiciera llegar esto tras mi muerte.

Bueno, iré al grano: Intenté ser lo más parecido a un padre, y a una madre, que pude. Nadie debiera quedarse huérfano tan pronto, ni ver morir a sus hijos. Te crié de la manera que creo ellos hubieran querido, de la misma manera que crié a tu padre… Y, viendo el resultado, creo que no lo hice tan mal, ¿no? Te has convertido en un tipo decente, decidido, moral, justo; en definitiva, en una buena persona. Por eso, creo que serás capaz de hacer lo que el cobarde de tu abuelo no pudo. Sé que te he pedido mucho, que fui demasiado exigente, intransigente y un poco cruel, para qué engañarnos. Pero tengo que pedirte algo, lo último que te pediré, algo de lo que me arrepentí todos los días de mi vida y que no me atreví a solucionar…”.

Derek tiró la carta sobre la mesa y resopló. No necesitaba leer más, se sabía el resto de memoria. La había leído todos los días desde la muerte de su abuelo, seis meses atrás. En la carta, Eldwin von Kaffer hablaba de lo que nunca quiso hablarle, de su historia: de cómo, durante la Segunda Guerra Mundial, se dedicó junto a su escuadrón a saquear las casas de judíos adinerados, los que luego acabaron, sin excepción, en campos de concentración. Esa fue la ocupación de su abuelo, hasta que en 1942 huyó al Reino Unido, y de ahí a Estados Unidos, donde colaboró con el ejército americano aportando una valiosa información, formó una familia y se asentó definitivamente. Su abuelo le dejó, junto a la carta, toda la fortuna que consiguió en esos años de colaboración con los Aliados, y una serie de cartas, fotos y documentos de su época nazi. Había de todo: desde fotos con líderes alemanes, hasta documentos firmados por el Führer en los que se autorizaba al teniente von Kaffer a requisar joyas y obras de arte en la Francia ocupada. Había de eso y mucho más, incluido el motivo de todo aquello.

En el suelo, apoyado en la pared, estaba eso, tapado con una lona blanca. Derek, visiblemente cansado, retiró la lona y cogió el cuadro, que puso sobre la mesa. Lo contempló. Era un retrato al óleo de poco tamaño, en el que aparecía una mujer, posiblemente del siglo XIX, a juzgar por el antiguo vestido azul. Estaba sentada, con las manos levemente cruzadas sobre el pecho. Era pálida, siguiendo la moda de la gente adinerada de la época, y tenía el pelo negro, que le llegaba a la altura de los hombros; lo que más llamaba la atención del cuadro, sus ojos, grandes y negros, parecía que te miraban si te movías por la habitación. Ni la mujer ni el cuadro eran especialmente bellos, pero transmitían una inquietante paz, sobre todo si conocías su historia.

Y Derek conocía esa historia, su abuelo la dejó escrita en la carta. En 1940, con la invasión nazi a Francia, él y sus hombres saquearon una casa de una familia adinerada en París. “Entramos en la casa de madrugada, cuando todos dormían. Como esperábamos, les pillamos por sorpresa. Bajamos a los Savoil y a sus criados al salón de la casa: la familia estaba formada por un hombre de unos cuarenta años, viudo, y sus hijos, dos niñas gemelas de unos cuatro años y el hijo mayor, de once. Tenían tres criadas, y un chófer, negro. El padre se puso delante de sus hijos, como si creyera que podría protegerles. Les obligamos a estar allí, viendo como saqueábamos y prendíamos fuego a su hogar. Todo lo que expoliamos fue a parar a Alemania, supongo, pero como me llamó la atención ese cuadro que tenían sobre la chimenea, decidí quedármelo. Total, a nadie le iba a importar un retrato nada especial. Tras comprobar que las criadas no eran nada denunciable, las dejamos marchar, pero ni al chófer ni a los judíos se lo permitimos. Les metimos en el furgón, sin saber en ese momento a dónde se les llevaría. El chófer estaba inmutable, como si aquello no fuera con él, pero la familia lloraba. El padre suplicó que se lo llevaran a él, pero que perdonaran a sus hijos. En aquel momento sentí cierta lástima, pero claro, le ignoré. Qué más da, me dije, si simplemente van a estar recluidos con otros judíos, pero seguirán recibiendo buen trato. Qué ingenuo fui. Cuando descubrí lo que les hacían, ya era tarde. Hui de Alemania, y cuando acabó la guerra mil veces pensé en intentar devolver el cuadro, pero supuse que habrían muerto. Y ese cuadro, como una maldición macabra, me acompaña desde entonces, para que me impida olvidar lo que hice. El remordimiento me comía las entrañas, pero cuando tuve la ocasión de investigar, tratar de averiguar si alguno de ellos seguía vivo, o incluso de deshacerme de él, no pude. Simplemente el pánico me bloqueaba. No hubo día en el que no pensara en lo que hice y en lo que podría haber hecho para remediarlo. Por eso te pido, Derek, que acabes con esto. No espero el perdón de nadie, pero sí sé que mi alma descansará en paz si devuelves este maldito cuadro a aquella familia o a quien sea necesario. No quiero que hagas esto solo por mí, también por ellos, por aquellas personas que maté, por aquellas familias que destruí. Hazlo por los que vivimos aquellos días oscuros”. Así concluía esa maldita carta.

Derek se cruzó de brazos, pensativo, mientras miraba aquel retrato. Al contrario de lo que creía su abuelo, era una persona poco moral, muy individualista, sin escrúpulos. Si se lo hubiera pedido cualquier otra persona hubiera dicho que no, pero era su abuelo. Ni siquiera recordaba a sus padres, muertos hacía ya mucho tiempo, por lo que su abuelo es, y fue, como la personificación de sus ausentes padres: le había criado, le había ayudado y animado cuando lo necesitaba, le había castigado cuando se lo merecía… Su abuelo había sido su héroe, y sentía que se lo debía. Él hubiera hecho lo mismo, estaba seguro.

Y en esas estaba desde hacía ya tres meses: investigando qué había sido de los Savoil. El dinero no era un problema, su abuelo era rico y le había nombrado su único heredero, menospreciando a sus hijas, las tías de Derek. Recordaba el día en el que Bernard, el abogado de la familia, había leído el testamento de Eldwin.

Yo, Eldwin von Kaffer, no tengo ganas de haceros perder mucho tiempo. Sé que estáis muy atareadas, hijas mías, porque no teníais ni tiempo para ir a visitar a vuestro viejo padre, por lo que iré al grano: dejo toda mi fortuna y patrimonio a mi nieto, Derek von Kaffer, que fue como el segundo hijo que nunca tuve. Ah, y al bueno de Bernard le dejo mis viejas botellas de coñac, por aguantarme todos estos años. Ojalá se te atraganten, viejo zorro”, leyó Bernard, tratando de aguantar la risa, cosa que Derek consiguió a duras penas hasta que sus repelentes tías le echaron una fulminante mirada de odio, entonces no pudo más y estalló.

Sonrió al recordarlo. Había pasado mucho desde aquello. Tras esto, Derek nunca más tuvo problemas económicos, por lo que contrató investigadores para que le ayudaran a encontrar a los legítimos propietarios de aquel retrato. También tenía amigos dedicados al periodismo, a los que no dudó en llamar. Estaba decidido a devolver el cuadro a sus dueños. Y en eso estaba desde que se enteró de todo aquello; tratando de encontrar una pista, aunque fuera pequeña, que le indicara el camino a seguir entre tanto papeleo: había fotos, informes, testimonios de supervivientes… Había recopilado mucha información: los Savoil estuvieron recluidos desde 1940 hasta 1942 en el campo de concentración de Compiègne, de allí se les trasladó a Auschwitz, donde se les pierde la pista. Lo único que tenía sobre ellos era una fotografía familiar, en la que aparecían los hijos, el padre y una mujer que nuestro protagonista supuso que era la madre de los niños. Derek no tenía muchas esperanzas de encontrarlos: como todo el mundo, sabía lo que los nazis hicieron en Auschwitz, pero pese a todo sentía la necesidad de seguir investigando hasta saber qué había sido de ellos. Sabía que no podría perdonarse si no indagaba todo lo posible. Y cuando ya estaba tan cansado que estuvo a punto de desistir, encontró algo. Una foto, que sacó de la hemeroteca online de un periódico parisino junto con muchas otras, fechada en 3 de noviembre de 1948. Era una foto grupal de una clase de niños, todos muy sonrientes. No tenía nada de especial, pero algo le llamó la atención. Exaltado, revolvió el mar de papeles en el que se había convertido su mesa, buscando la vieja foto de la familia. Le costó encontrarla casi diez minutos, pero mereció la pena. “No puedo creerlo”, murmuró para sí. En ambas fotos aparecía la misma niña, solo que más mayor en la foto posterior, en la que debía tener unos ocho años como mucho.

Pasó el resto de la tarde haciendo llamadas y buscando en Internet. El colegio de la foto, Saint Michel, seguía estando en funcionamiento en la actualidad, pero cuando llamó no le contestaron. No le quedó más remedio que llamar a un amigo que vivía en París.

Bueno, me imagino que no me habrás llamado para saber qué tal están Anna y los niños, ¿verdad Derek?, preguntó sarcástico Pierre Lambertin tras un rato de conversación banal, un antiguo policía metido a detective privado. Era un viejo amigo.

Verás, Pierre… Necesito que localices a una mujer. Ahora tendrá unos cincuenta y tantos años y sé que por lo menos estuvo estudiando sobre el año 48 en el Saint Michel. Te he mandado todos los datos que tengo a tu email. Es importante.

¡Anda, yo también estudié en el Saint Michel! Bah, tengo un rato libre esta tarde y soy amigo del director. Venga, por la noche te llamo.

El tiempo pasó lentamente para Derek hasta que Pierre le llamó. Cruzó los dedos para que hubiera habido suerte cuando su amigo le telefoneó, y sí, la hubo. El detective averiguó que se llamaba Marta, que fue una de las pocas supervivientes de los campos nazis, y que al acabar la guerra fue adoptada por una familia parisina, de la que cogió el apellido. Estuvieron viviendo en París hasta 1954, cuando su padre adoptivo, embajador, fue destinado a España, concretamente a Madrid. En los años 70 ella se mudó a Barcelona, donde lleva viviendo desde entonces. Eso era todo lo averiguado. Tras agradecérselo a Pierre, colgó, lleno de satisfacción, pero nervioso. Había encontrado a la que parecía ser la única heredera de los Savoil, pero estaba al otro lado del charco. Y no sabía cómo podía presentarse allí, ni si le echarían a patadas. “A fin de cuentas, mi abuelo les destrozó la vida”, pensó, percatándose de que había dado por sentado que recibiría un buen trato.

Pese a todo, tenía que ir a Barcelona, así se lo había dejado claro Eldwin. Daba igual lo que pudiera pasar, tenía que intentarlo por lo menos. De lo contrario, no podría perdonarse jamás.

Se alojó en un motel barato, para dos noches que iba a estar en la capital catalana no iba a gastar mucho. Apenas durmió esa noche, pensando cómo iba a presentarse ahí, qué iba a decir… No cenó, y apenas desayunó. Por lo que había averiguado, Marta vivía con su hija, divorciada, y sus nietas. Decidió que sería mejor acercarse por allí cuando su hija estuviera trabajando, así habría menos gente con la que tratar. Se preparó para acercarse. Había comprado un maletín, lo suficientemente grande para llevar el cuadro. Se acicaló como si fuera a tener una cita. Miró la hora, las 13:30. Cogió el maletín y salió a la calle.

Al llegar a la casa, pulsó una vez el timbre. Abrieron la puerta.

Hola, ¿quién es usted? −respondió una joven.

¿Pero está quién es?”, se preguntó Derek. “Ah, mierda, será la hija, que debería estar trabajando…”

Eh… Buenos días… mmm… yo estaba buscando a Martha Nyai− dijo Derek, usando el poco español que sabía.

¿Pero quién…? −La joven fue interrumpida por una mujer, que apareció al fondo del pasillo. Derek la reconoció al momento. Era Marta.

Déjale pasar, Lara.

¿Pero le conoces? −inquirió Lara, con el ceño fruncido−. Si apenas habla español…

Recuerda que yo tampoco soy española. −La mirada amable que le echó Marta a Derek le desconcertó aún más−. Sé quién es.

Pasaron al salón. Era una casa bonita, moderna, con multitud de muebles blancos. Se sentaron en unos sofás junto a un ventanal desde donde se podía ver el puerto de Barcelona, muy bullicioso por las Olimpiadas del 92. La situación era muy incómoda ya de por sí, y ella lo empeoraba no dejando de sonreír. Marta le preguntó si quería un café, aceptó y trajo uno para ella y otro para él. La joven, Lara, les echó una mirada muy extraña… “La situación tiene que parecerle muy rara”, se dijo Derek. ”Un extranjero que apenas habla su idioma viene a visitar a su madre por un motivo desconocido”.

El café me sale divino. −Se llevó la taza a la boca y dio un sorbito, después le hizo un gesto a su hija para que abandonara la habitación. Se oyó a unos niños reír al fondo−. Si me hubieran dicho que esto iba a pasar alguna vez, me hubiera echado a reír.

Mi español… no muy bueno…

Marta asintió y propuso que hablaran en inglés. Derek aceptó, y se presentó.

Bueno, me llamo Derek von Kaffer y… pues… soy nieto de…

Sí, del soldado que saqueó nuestra casa y nos mandó a un campo de concentración. Lo supe por vuestro parecido. Dos gotas de agua. Por cierto, ¿cómo se llamaba? −dijo tras beber un poco más de café−. Quema un poquito.

Derek no sabía muy bien qué decir. Se bebió casi todo el café de golpe. Tamborileaba con los dedos en la pequeña mesita que tenía delante. Ella estaba sentada en otro sofá, al otro lado de la mesa, justo en frente suyo.

Pues… se llamaba Eldwin.

Marta asintió y repitió el nombre de su abuelo. Dejó el café sobre la mesa y se quedó mirando a la nada, muy seria, recordando el pasado. Aumentó la tensión en el ambiente. Derek se frotó las palmas de las manos, no sabía qué decir. Repentinamente, ella levantó la vista, y le miró, sonriente.

Y tú, muchacho, ¿cómo te llamas? −Derek le dijo su nombre−. Ah, bonito nombre. Y, bueno, ¿qué te trae por aquí, Derek?

Derek abrió los ojos, recordando algo importante que había olvidado.

Qué me trae por aquí… Ah, sí… −Abrió el maletín y sacó la carta−. Mi abuelo Eldwin murió hace hoy casi seis meses, y me dejó esta carta, en la que me cuenta su pasado. Yo hasta el momento no sabía nada de él, siempre que le preguntaba me mandaba callar y entraba en un estado de depresión y melancolía que le duraba horas, cosa que no entendí hasta que leí esto. Me cuenta lo que pasó con usted y su familia en París y de cómo se quedó con un cuadro, más concretamente con un retrato de una mujer. Su última voluntad fue que devolviera este cuadro a sus legítimos dueños, fueran quienes fueran. −Paró. La voz de su abuelo le estaba leyendo la carta en sus pensamientos. Tenía la boca seca, por lo que se terminó el poco café que quedaba−. No era mala persona. En cuanto supo lo que los nazis hacían en Auschwitz, en Chelmno y en otros tantos sitios más, desertó, y se unió a los Aliados. Estuvo toda la vida arrepentido, los remordimientos le carcomían. Yo lo percibía, pero no sabía por qué hasta que murió. Intentó ser una buena persona en compensación, me crió tras la muerte de mis padres e hizo otras tantas buenas obras, pero no era suficiente para él. Lo único que podría darle tranquilidad sería devolver este retrato. Sé que intentó devolverlo, pero pensaba que todos habríais muerto, y no le parecía apropiado donarlo, sería como deshacerse de su castigo. El no buscaba el perdón, pero sí que esperaba, aunque fuera por una pequeña parte, reparar su error. Llevo desde el día de su muerte investigando, hasta llegar aquí.

Derek abrió el maletín y sacó el cuadro. Marta estaba a punto de llorar. Al verlo, se tapó la boca con las manos.

Había olvidado este retrato… Es mi abuela, ¿sabes? La quería mucho, pero había olvidado su rostro… Murió la semana antes de que los nazis nos arrestaran, y un año después que mi madre. Creo que me dolió más ver cómo tu abuelo se llevaba el cuadro que el que sus hombres quemaran nuestra casa. −Rió, y se secó las lágrimas con un pañuelo. Miraba a la nada mientras hablaba, seguramente recordando acontecimientos del pasado−. No creo que fuera una mala persona, no solo por lo que me cuentas, que me creo a pies juntillas, si no por cómo nos miró cuando nos subieron al furgón. Sé que recibía órdenes, como otros tantos. O al menos eso quiero creer. Nos llevaron a Compiègne, donde nos separaron de nuestro padre y de nuestro chófer, Pierrick, del que nunca olvidaré la reacción cuando nos arrestaron: tan fría, tan distante. Sabía que iba a morir, pero no le importaba. Es curioso, era negro, sí, pero su familia llevaba en Francia el doble que la nuestra. −Hizo un sonido que pareció una risilla y miró hacia abajo, las lágrimas volvían a aflorar en sus ojos−. Mi hermano Jakob cuidó de Rebecca, mi hermana gemela, y de mí esos dos años que estuvimos recluidos. No estuvimos tan mal, había más gente recluída y los guardias eran franceses, por lo que no nos trataban muy mal. Lo malo era que nos afeitaron el pelo y nos obligaban a llevar ese pijama rallado tan feo. La vida transcurría, y yo ya me había acostumbrado. Cumplí seis años y ya había olvidado a mi padre, a mi madre, a Pierrick incluso… En definitiva, había olvidado mi vida anterior. No era importante allí. Por lo menos estuve con mis hermanos hasta que nos llevaron a Auschwitz. Mis hermanos, como muchas otras personas, desaparecieron en las “duchas”. Así lo llamaban los soldados. Me quedé sola hasta que acabó la guerra, cuando los Nyai me adoptaron. Fueron una familia maravillosa, me ayudaron a superarlo todo, menos el odio. Solo con el tiempo el odio desaparece. Es más, hubo incluso un tiempo en el que quería estudiar física nuclear simplemente para reducir Alemania a cenizas. Gracias a mis padres adoptivos vi mundo y tuve una vida maravillosa. Si no hubiera vivido lo de los campos podría haber vivido mucho mejor, o mucho peor, quién sabe. −Después se hizo el silencio durante unos minutos. Ella miraba al cuadro, recordando el pasado. Él intentaba asimilar todo, pero no se encontraba muy bien. Estaba mareado, y le dolía la tripa. Tenía mucho calor, y le escocía la boca. La anciana volvió a coger la taza, bebió un poco y le miró muy fríamente−. Los muertos no quieren venganza, pero los vivos sí quieren justicia.

Derek la miró, su cara no mostraba emoción alguna. Estaba intentando procesar esa frase, pero no podía, se estaba poniendo muy rojo y apenas podía respirar, tuvo que abrirse el cuello de la camisa. Se le escapó la taza de las manos, que cayó al suelo y se rompió. Poco después el cayó también, boca arriba, agarrándose la tripa de dolor. No podía articular palabra. La mujer dejó la taza sobre la mesa y quedó en una pose similar a la del retrato de su abuela, muy fría y solemne.

Y no hay perdón sin justicia. No odio a tu abuelo, con el tiempo dejé de odiarlo, como a todos los nazis, pero tiene que pagar por lo que hizo. Ojo por ojo. No te preocupes, el veneno es rápido. Pensé que era indoloro, lo siento… Considéralo de este modo, la deuda de Eldwin estará saldada con tu muerte. Espera, ¿se llamaba Eldwin? No lo recuerdo, la edad pasa factura… Bueno, salúdalo de mi parte. Ah, y gracias por el cuadro. Me has alegrado el día.

 

 


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